Muchas personas se debaten entre qué cosas podrían garantizar una formación adecuada para el ser humano en general. La universalidad de la población humana hace que sea difícil definir esto o aquello como regla para definir una formación moral, social y espiritual determinada. Hay una diversidad demasiado amplia de culturas, pensamientos, e ideologías como para imponer un sistema que dirija a la humanidad hacia otro nivel de formación que pueda dejar en el individuo de forma permanente, el deseo de hacer el bien.
Pero, ¿qué es el bien? Esta dicotomía del bien y el mal está registrada en los textos más antiguos de la historia de la humanidad. La Biblia, el Corán, el Popol-Vú. El confusionismo habla de ella, así como el budismo y el hinduísmo. Es ampliamente aceptada entre las sociedades con valores morales. El bien es lo opuesto al mal. El bien es toda aquella acción, sentimiento, emoción, pensamiento, entre otras expresiones humanas, que produce sensación de paz, bienestar, alegría, cuando se ejerce o se tiene, tanto en el que hace la acción como en el que la recibe. Por el contrario, el mal genera condiciones adversas a lo descrito anteriormente y al final, resultados totalmente opuestos.
Si bien, en términos de expresión universal, esto es una cuestión de semánticas, pues alguien decidió utilizar el fonema "bien" para describir ese conjunto de cosas que en nuestro lenguaje llamamos positivas, y "mal" para su antípoda, la realidad es que esos sentimientos buenos son preferidos por la mayoría de los habitantes de este planeta, así como la maldad es despreciada por muchos.
Por otro lado, el mal ocasionado por un individuo podría convertirse en un escenario de crecimiento, desarrollo y fortaleza de carácter para otro. Un delincuente asesina a un padre de familia. Su viuda e hijos lloran su pérdida, pero se llenan de valor y deciden seguir adelante. Se hacen más unidos, más sensibles a las necesidades de los otros miembros de la familia, desarrollan nuevos talentos, aprenden nuevos oficios para sacar adelante la manutención de la familia. En fin, se fortalecen. Algunos de los hijos quizá crezcan con sentimientos de ira o venganza hacia el autor de su desgracia, pero otros los superan, y en cierto modo, agradecen que ellos están vivos y sanos y que, a diferencia de ese delincuente, ellos tienen una vida plena y llena de felicidad.
Se sugiere entonces que el bien o el mal, la felicidad o la miseria, es una decisión personal fundamentada en la percepción de cada individuo. Pero, ¿que hace que cada individuo desarrolle esta percepción? ¿Sobre qué está fundamentada? Yo sugiero que es la formación que cada persona sufre en su espacio de crecimiento y desarrollo integral, desde su gestación y nacimiento hasta finales de su adolescencia. Sugiero también que para que dichas percepciones sean en su mayoría positivas, el individuo debe desarrollarse en un hogar constituido por padre y madre unidos en matrimonio, sobre la base de altos valores morales y sociales, cabe decir, hasta religiosos.
En cada cultura, la gran mayoría de las personas con vidas equilibradas en todas sus áreas (física, mental, socio-emocional y espiritual), vienen de familias con firmas valores morales y espirituales. Pero una familia con firmes valores morales no es una garantía de que el individuo sea un aporte positivo a la sociedad (en términos de la dicotomía del bien y el mal), así como también no es garantía de que se torne en un ser malvado, aquel muchacho nacido en las barriadas de una ciudad, sin padres y con "amigos malvados".
Es una decisión personal, que si bien, como se sugirió anteriormente está fundamentada sobre la base de los valores aprendidos, también se ve influenciada por lo que algunos llamamos conciencia, o voz, o susurro, o espíritu. Muchos afirman haber "sentido" algo en su interior que los impulsó a dar el primer paso para pasar del mal al bien (además del evidente entorno en el que alguien "malo" se desenvuelve y que continuamente hace reflexionar a aquel que se permite espacios de meditación). Muchos afirman no haber halado el gatillo porque una "voz" interior les dijo que no lo hicieran; muchos no ingirieron el veneno porque "escucharon" que alguien les dijo que la vida vale la pena vivirla, aunque estemos llenos de desafíos.
Esa conciencia y los valores morales firmes son los dos elementos clave que yo considero factores fundamentales en la formación de individuos que puedan, desde vivir una vida familiar honesta y fructífera, hasta dirigir grandes naciones hacia la prosperidad, la paz y el desarrollo integral de sus ciudadanos. Sabiamente lo aseveró el gran rey Salomón: "Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo, jamás se apartará de él".
Es el hogar el sitio perfecto para que esta formación hacia lo "bueno" tenga lugar. No hay un substituto adecuado, no hay guardería, escuela, niñera o institutriz, univesidad o centro de formación que ocupe el lugar preponderante de los padres-amigos en la vida de un niño o niña. Otro asunto que vale la pena considerar es que los hijos nacidos de madres solteras, criados por sólo uno de los padres o por padres que viven en concubinato, son más propensos a desarrollar actitudes agresivas o criminales que aquellos que crecen en un hogar bien constituido, con padre y madre, felizmente casados. El matrimonio, más que ser un simple papel que se firma, es un símbolo que representa un compromiso entre dos seres que se aman y que se prometen fidelidad, apoyo incondicional y amor eterno. El mantener ese compromiso requiere valor, disciplina, paciencia, perseverancia, entre otros, todos estos valores que por sí mismos y sin hacer alusión a ellos, se evidencian ante los hijos como valores medulares en la vida de sus padres y que se transmitirán a sus vidas sin planificarlo, sino como consecuencia del ejemplo.
Sugiero que los gobiernos del mundo dediquen más presupuesto al desarrollo de programas que impulsen la vida familiar equilibrada como la manera de formar ciudadanos más productivos y eficaces, líderes familiares y sociales con una firme base de valores que llevara a esas sociedades a otro nivel en el ámbito humano y social.
Todos los problemas que enfrenta hoy día la humanidad son producto de decisiones egoístas, de la ira, de la desesperación, de la codicia, en fin, de todos aquellos valores contrarios a lo que brinda paz. Cambiar la paz por dinero o por territorios, es un alto precio que pagar.
Apoyemos la formación de hogares bien constituidos; apoyemos a las organizaciones religiosas o no que buscan establecer este patrón en sus sociedades. Es la familia y sólo la familia, lo que puede lograr ese cambio global que todos deseamos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario